No hacer leña del árbol caído
Algunos culparon de la muerte de esta carrasca a las obras llevadas a cabo en la plaza donde se encontraba desde hace la tira de años (no se cuantos en realidad, por eso no especifico).
Otros culparon a la aparición de plagas y hongos que atentaron con virulencia contra este inerme ser productor de oxígeno. Sea como fuere, la centenaria carrasca, símbolo de todo un barrio, hizo lo que pudo para seguir viviendo pero, visto lo visto, ha preferido morir y descansar en paz.
Por las lágrimas que he podido recoger de la gente de los alrededores era mucha la estima que se tenía a esta majestuosa efigie de la naturaleza que ahora ya sólo es madera, madera seca e inservible.
He querido lanzar esta fotografía para que su paso por la tierra no caiga en el olvido, así como se recuerda a las personas célebres, aquellas que marcaron un tiempo y un lugar, debiéramos procurar no olvidar estos otros seres que pese a ser incapaces de hablar, de desplazarse o de reir a carcajadas sí que marcan aquellos momentos de los que nadie suele acordarse: un paseo, un ósculo bajo la luna, un descanso bajo su sombra, un botelleo a su vera…
El ritmo al que prolifera la construcción de edificios se equipara al ritmo al que disminuye la población de estos ingenios de la madre naturaleza… así que, qué menos que dedicarle un post réquiem.
Habrá un lugar donde esta carrasca se reuna con otros tantos y tantos árboles caídos… ¿Ikea? No. Espero que sea algo parecido a un paraíso donde la entrada del Hombre esté vedada, se lo merecen.
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