El cristal desde el que os miro
Todo depende del cristal con que se mira… o eso advierte el refranero español.
Para mí el cristal es un inconveniente, un impedimento. Hará unos meses, por cuestiones de trabajo yo solía conducir una media de dos horas o dos horas y media al día. Tiempo que yo pasaba en total desconexión con el resto del mundo: Música en el cassete a todo volúmen, ventanillas subidas debido al aire acondicionado, cristales sucios…
Lo cierto es que en ese periodo de tiempo diario yo era (o al menos me sentía) feliz. Una situación de abstracción plena en la que la mayor preocupación de mi mente era acompasar los versos de la canción de turno, integrándome personalmente en la letra.
En el momento de volver a la realidad cotidiana, a veces me daba hasta miedo… había estado totalmente abstraido… Me paro y pienso: lo hemos logrado… hemos conseguido crear la forma de estar más comunicados al mismo tiempo que logramos estar aún más solos.
Dos personas que se conocen pueden compartir un espacio/tiempo sin coincidir, ni mediar palabra. Hacemos uso de nuestras burbujas particulares para evadirnos de una realidad que nos rodea y que realmente nos atañe.
Yo, en la actualidad empleo con menos frecuencia el vehículo de forma que soy un espectador directo (incluso, a veces, partícipe) de un mundo que tiene que ver conmigo: la pareja que se desea con pasión en la acera, la discusión que mantienen a viva voz tres iracundos, la mujer inmigrante y casada que decide romper con su ley y sale de casa sin el velo, e incluso el señor mayor que me saluda aún sin conocerme de nada son ya elementos con los que me implico, que me hacen sonreir, que me hacen entristecer, que me ilusionan o que me llevan a perder la fe en el ser humano.
Lo tengo claro, desde ahora, si he de desplazarme sobre cuatro ruedas lo haré con las ventanillas bajadas, a fin de no perder ni un ápice de lo que el resto de mi mundo me puede aportar… El contacto humano, en bolsa, se cotiza a la baja.
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