Vida de perros
La historia se remonta unos meses atrás. Ostento un curro de mierda, me siento explotado, me siento un engranaje de una gran máquina de fabricar dinero. No hay tiempo para pensar… En realidad sí lo hay. En los únicos momentos en que me mantengo lúcido es al ir y venir desde el aparcamiento donde dejo el coche hasta la oficina: 20 minutos de trayecto a paso lento: al ir, por la resignación; al volver, por el cansancio.Cada día en mi trayecto cruzo miradas con muchas personas, incluso algunas de ellas ya comienzan a antojárseme conocidas. En mi trayecto existe una oficina que, situada junto al portal de un gran edificio, forma con éste un pequeño refugio donde en cada una de mis idas y regresadas tropiezo con una persona bastante particular:
Es un inmigrante de color, sin techo, sin hogar, casi sin alma. Vive en un diminuto campamento de cartones donde se refugia de cualquier aspecto del mundo exterior, del mundo donde personas como yo nos dedicamos a contemplarlo sin saber qué hacer exáctamente.
Por las mañanas suele dormir. Por las noches, muy frecuentemente, suele acompañarse de una botella de algún licor barato para emprenderla con el mundo a base de insultos y blasfemias, en su idioma, hacia ese maldito mundo que le rodea, contra ese paraíso que le pintaron allá en su tierra, contra los tipos a los que dio una gran suma de dinero por embarcar en aquel féretro con forma de cayuco.
Le llora a su tierra como lo haría el mejor de los poetas. Derrochando sentimientos por los poros.
Por la mañana vuelve a estar dormido.
Es navidad y por esa razón yo creo que la gente repara en él menos aún. En navidad la gente triste parece aún más triste. Creo que el motivo es la puta programación navideña en televisión. Todo el mundo sale feliz en televisión en estas fechas… es más, creo que a los presentadores de los informativos les da, incluso, más apuro dar malas noticias y se las guardan para después de Reyes.
Desearía poder contar un final feliz para esta historia… No lo tengo, dejé el trabajo hace ya algún tiempo… era una vida de perros. No volví a ver al sintecho, sinhogar, sinalma. El conocer la existencia de alguien así me hirió de muerte con la daga de la desesperanza. Una desconfianza total y absoluta acerca de un sistema que causa y no evita que personas de cualquier nacionalidad en cualquier lugar, terminen como consecuencia de una mala racha aislándose, echandose al arcen de la vida… ¿Quizá por miedo a las represalias? ¿Por preguntas cuyas respuestas huyeron hace demasiado tiempo?
No se, si no fuera porque él y yo estamos hechos de lo mismo, porque tuvimos un mismo origen por allá en el big bang, si no fuera porque aun tirado en el suelo sigue siendo una persona, un individuo, una vida, con sueños metas, ilusiones, decepciones y fracasos no creo que entendieras la asolación de la tristeza que rezuma algo cuya resolución está más allá de tus posibilidades.

Autoría de la foto: GabrielR. http://www.flickr.com/photos/mrhide/412317694/
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